Pedro José Gómez José Mª Cantal Rivas Angel Arrabal González
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¿HABRÁ QUE MORIRSE PARA QUE NOS HAGAN CASO? Diversos acontecimientos ocurridos en los últimos años me han llevado a plantearme la pregunta que encabeza estas líneas. Lo cierto es que la muerte de Diana de Gales influyó de forma notable en la adopción de medidas contra las minas antipersonales a nivel internacional. El premeditado y alevoso asesinato de Miguel Ángel Blanco generó una amplísima respuesta en la sociedad española y en sus líderes políticos. Es posible que, en ese mismo momento, comenzara a gestarse el fin de la violencia etarra. El fallecimiento de los misioneros españoles en el centro de África desencadenó múltiples gestos de solidaridad en nuestro país. Los huracanes y tifones que han asolado y asolan centroamérica en las últimas semanas han producido reacciones análogas. ¿Será que sólo la muerte es ya capaz de conmovernos? Algo curioso ocurre con nuestro comportamiento social que merece una reflexión. Recuerdo que, con motivo de las huelgas de hambre que dieron carta de ciudadanía a la Plataforma 0,7, envié un artículo sobre las relaciones entre la ética y la economía a varios periódicos de alcance nacional, que no fue finalmente publicado. Este hecho no me sorprendió en modo alguno, pero sí el argumento utilizado por uno de los responsables de la sección de opinión a los que me dirigí. "¡Pero hombre!", me dijo, "¿Es que no te has enterado de que la huelga de hambre ha terminado ayer?". Estuve tentado de responderle: ¿Es que ya se ha resuelto la tragedia del hambre en nuestro planeta? No lo hice. Pero lo cierto es que le comprendí perfectamente: que 1.500 millones de seres humanos se encuentren en el límite mismo de la supervivencia no es noticia, es su destino. Noticia es que peligre la vida de quienes no habían sido condenados por la maldición de la pobreza y ponían en juego su salud para dar un aldabonazo en nuestras conciencias. Si no me equivoco demasiado, en la actualidad la dinámica social sigue muchas veces un esquema repetido. Existen múltiples conflictos y tensiones en el planeta (o en nuestra sociedad) que nos son desconocidos y ante los que no se adopta ningún tipo de actuación. Sin embargo, alguna de esas situaciones anónimas se convierte en "real" cuando los medios de comunicación pasan a considerarla "acontecimiento" o "noticia". Para que ello ocurra deben darse algunas de las siguientes circunstancias: a) que el problema afecte a los intereses de los grupos sociales y países más poderosos del mundo (que se empeñarán en destacar que "su" problema es un problema para "todos"); b) que el suceso posea un carácter trágico, morboso o sea padecido por alguno de nuestros compatriotas, en especial si son famosos; c) que, en ese momento, no se disponga de "grandes noticias" y haya que inventarlas o que recurrir a las de "segunda división". Esta dinámica, alimentada por la búsqueda de rentabilidad, distorsiona gravemente la capacidad informativa de los medios en varios sentidos: las malas noticias venden más que las buenas; no se refleja la realidad sino sus aspectos más anecdóticos; el punto de vista de los débiles suele ser casi siempre ignorado o tratado de forma tópica; la dictadura de la actualidad impide el análisis riguroso de los acontecimientos, etc. Semejante sesgo informativo, unido a la avalancha de datos y hechos que pasan fugazmente ante nuestros ojos, tiene graves consecuencias sociales y políticas. Al fin y al cabo, los líderes políticos tienen muy en cuenta a la opinión pública y ésta es fuertemente influenciable por la prensa, la radio y, sobre todo, la televisión. Por lo que se refiere a la desoladora realidad de los empobrecidos del mundo y su tratamiento informativo, el influjo de los medios suele provocar en la mayoría de los ciudadanos sentimientos de dolor y compasión, aunque también reacciones defensivas de autojustificación o culpabilidad. Casi nunca la interpretación de las noticias del Sur ha impulsado un análisis crítico del Orden Internacional vigente ni, menos aún, una respuesta política. Así, la reacción emocional de la sociedad suele traducirse en un aumento de las aportaciones a las ONGs y sus campañas. Los políticos saben pronunciar algunas tibias palabras referidas genéricamente a la solidaridad cuando, al calor de la última desgracia, la opinión pública demanda una estrategia más ambiciosa en la política de cooperación para el desarrollo. Sabiendo que la solidaridad internacional es costosa y contraria a nuestros intereses economicistas a corto plazo, los gobernantes dejan pasar el tiempo suficiente para que la demanda social se enfríe y, finalmente, reducen al mínimo la aplicación efectiva de las medidas prometidas. El sorprendente resultado práctico de las movilizaciones a favor del 0,7 (que condujo al hoy casi olvidado e incumplido "pacto por la solidaridad") o la lamentable indiferencia con la que se ha discutido y aprobado la Ley de Cooperación hace unos meses son claros ejemplos de lo señalado. No debemos llamarnos a engaño. El intento de promover una cultura de la solidaridad a nivel mundial choca contra intereses e inercias muy poderosos. Quienes consideran que la erradicación de la miseria generalizada y la creación de un orden económico internacional más justo son tareas absolutamente prioritarias para la humanidad, han de ser conscientes de la envergadura de los retos a los que se enfrentan. La sociedad española es sensible a la desgraciada situación en que viven numerosos seres humanos, pero desea mantener su modo de vida sin merma del poder adquisitivo y prefiere desconocer los factores y mecanismos que reproducen la desigualdad y la pobreza, a tener que asumir ciertas responsabilidades colectivas. Como es obvio, esta actitud conservadora se encuentra mucho más acentuada en los grupos de poder económicos y financieros que condicionan la marcha de la economía mundial. Por su parte, los medios de comunicación social se caracterizan, actualmente, más por contribuir a la evasión de la realidad de los ciudadanos y a la provocación de experiencias intensas, que por facilitar información objetiva y contribuir al análisis de los fenómenos que afectan a la mayoría de la población mundial. Finalmente, en el terreno político no puede olvidarse que los principales interesados en que se produzca un cambio profundo de las relaciones económicas internacionales son aquellos que no pueden votar en nuestras elecciones y que, por ello, difícilmente van a lograr que sus demandas sean recogidas por los responsables políticos. La magnitud de los retos mencionados no debería, sin embargo, hacernos olvidar tres argumentos favorables a la solidaridad. En primer lugar, existe en muchos de nuestros conciudadanos una capacidad ética suficiente como para reconocer el imperativo moral de apoyar las demandas de las víctimas del sistema vigente. En segundo lugar, en un contexto de creciente globalización, parece claro que el desarrollo socioeconómico del Sur podría conllevar numerosas ventajas para el Norte y, este hecho, podría dinamizar nuevas iniciativas de colaboración entre países desarrollados y subdesarrollados. Existe, por último, un argumento que, a pesar de su relativa ruindad moral no deja de ser cierto: es muy dudoso que a medio y largo plazo pueda mantenerse el relativo bienestar del Norte si el Sur se hunde en el abismo de la miseria y la inestabilidad política. Siempre se ha dicho que "más vale prevenir" y que "rectificar es de sabios". Ya va siendo hora de que apliquemos estos criterios de sentido común al irracional (colectivamente hablando) modelo de desarrollo vigente. Pedro José Gómez Serrano MIGRACIONES Y AYUDA OFICIAL AL DESARROLLO Los gobiernos occidentales suelen
presentar la ayuda oficial para el desarrollo económico de los paises
del Tercer Mundo como la solución tan buscada al problema de la
inmigración. Mientras que en la década de los 60 las empresas
de Europa central incluso pagaban el billete de avión de aquellos
extranjeros que iban a trabajar en sus fábricas, ahora, cuando la
misma Europa cuenta con millones de parados, un aumento preocupante de
los grupos de extrema derecha y una reducción presupuestaria, el
discurso oficial está cambiando.
CIDAF 1. Lionel Jospin, Le Monde. 16-17 Nov. Y 20 Dic. 1997. 2. Le Monde Diplomatique, 14 abril 1998. 3. El País, 6 y 8 junio 1997. 4. El País, 10 octubre 1996. 5. Leipziger Volskzeitung, Leipzig, 28 ictubre 1997. 6. Le Monde Diplomatique, 14 abril 1998 La Ley de Cooperación ¿ comercio o solidaridad? El 23 de abril, mientras
todos los Medios seguían las pericpecias de la recta final en las
Primarias del PSOE, un pequeño recuadro reflejaba la aprobación
por el Congreso de la Ley de Cooperación. Desde hace una década,
los grupos sociales comprometidos con el Tercer Mundo venían reclamando
este Ley que, previsiblemente, entrará en vigor el verano próximo,
tras su paso por el Senado. Aunque unas pocas voces, como la Plataforma
0,7 y algunas ONGD venían denunciando las carencias y perversiones
en el texto del Proyecto de Ley, al final hubo algunos retoques y, con
la escepción de IU y el Grupo Mixto, parece que todo el mundo ha
quedado conforme.
* Incoherencia entre los
objetivos planteados de ayuda al desarrollo de los países más
pobres y una práctica que primaba la orientación comercial
de esas ayudas ( haciendo de China o Indonesia los principales beneficiarios
) o camuflaba tras los créditos FAD la apertura de nuevos mercados
que incluían la exportación de nuestras armas.
La Ley de Cooperación
llena algunos de estos vacíos dándole a las Cortes el papel
de controlar y evaluar las ayudas españolas al desarrollo, estableciendo
planes cuatrienales que permitan una continuidad en los proyectos y creando
una comisión interterritorial para coordinar los distintos esfuerzos.
La Ley reconoce, también, la función de los agentes sociales
aunque de una forma muy parcial.
* La orientación global
de la Ley no elimina el carácter fundamentalmente comercial y economicista
de nuestrs Cooperación. Se pretende un desarrollo, pero ¿qué
desarrollo y de quién? El artículo 3 incluía entre
los objetivos de la cooperación “impulsar las relaciones políticas,
económicas y culturales con los países en vías de
desarrollo”; a última hora y como una transacción política
se anadió “desde la coherencia con los principios y demás
objetivos de la cooperación. Cuando algo tan esencial se añade
a regañadientes es de temer que, en los reglamentos que desarrollen
la Ley se acabe imponiendo el sentido primitivo que no consideraba el desarrollo
de los países más pobres, sino pura y simplemente el desarrollo
de nuestros mercados exteriores.
Angel Arrabal González
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